Cuánto estatus tuvo la profesión en cada era, en escala 0–100.
Antigüedad y Edad MediaPensar sistemáticamente sobre el dinero llevaba una mancha moral: Aristóteles condenaba la crematística, y la Iglesia medieval condenaba la usura sin más. Los administradores de haciendas eran sirvientes respetados, pero nadie tenía estatus como pensador económico; la materia sobrevivía dentro de la filosofía, el derecho y la teología.
Era mercantil (1500–1776)Mercaderes y panfletistas que asesoraban a las coronas sobre comercio y acuñación ganaron influencia real aunque precaria: Jean-Baptiste Colbert dirigió la economía de Francia para Luis XIV, y William Petty fue nombrado caballero, pero eran cortesanos y proyectistas, no miembros de una profesión académica reconocida.
Era clásica (1776–1890)Los economistas políticos se convirtieron en verdaderos intelectuales públicos: el libro de Smith se citaba en el Parlamento en vida del propio autor, Ricardo compró un escaño en él, y los Principles de Mill educaron a una clase gobernante. Seguía siendo una afición de caballeros: había cátedras, pero casi ninguna carrera.
El ascenso tecnocrático (1936–2008)La Depresión, la guerra y Keynes hicieron indispensables a los economistas para el gobierno. Diseñaron Bretton Woods, poblaron ministerios de finanzas y bancos centrales, ganaron un Nobel desde 1969, y hacia los años noventa presidían las instituciones —la Fed, el FMI, el BCE— que dirigían la economía mundial. Prestigio máximo, y máxima deferencia.
El presente poscrisis (2008– )La crisis de 2008, que casi ningún pronóstico convencional previó, hizo mella en la confianza pública —la pregunta puntual de la reina en la LSE se convirtió en el emblema de la era— y la política populista descuenta abiertamente el consejo económico experto. La profesión sigue siendo poderosa, mejor pagada que nunca, y notablemente más humilde en sus afirmaciones.