Cuánto estatus tuvo la profesión en cada era, en escala 0–100.
Babilonia y Egipto de la Edad del BronceLos escribas que llevaban los diarios celestes de Babilonia y los sacerdotes de las horas que cronometraban los ritos del templo egipcio pertenecían a la élite letrada, cerca del palacio y del templo porque calendarios y augurios eran asunto de Estado. Sus nombres se han perdido en su mayoría, pero sus cargos eran hereditarios, asalariados y seguros.
Cortes islámicas y China imperial (800–1450)Los directores de observatorio en Bagdad, Maraga y Samarcanda eran dignatarios de corte, y la Oficina Astronómica de China era un ministerio cuyas previsiones tocaban la legitimidad del emperador. Ulugh Beg fue a la vez sultán y astrónomo en activo: el techo social de la profesión nunca ha sido más alto.
Europa moderna temprana (1543–1800)Entre el libro cauteloso de lecho de muerte de Copérnico y los Astrónomos Reales asalariados, el astrónomo europeo fue cliente de príncipes: celebrado cuando el mecenazgo se sostenía, expuesto cuando no. El juicio de Galileo de 1633 y el arresto domiciliario mostraron con qué rapidez podía derrumbarse el prestigio de un filósofo de corte.
Ciencia profesional (1800–1950)Las cátedras universitarias y los observatorios nacionales convirtieron al astrónomo en un funcionario público de la ciencia respetable y modestamente pagado. De vez en cuando uno se hacía famoso —la expedición del eclipse de Arthur Eddington en 1919, que confirmó la relatividad de Einstein, puso la astronomía en portadas de todo el mundo—, pero la norma era un prestigio institucional silencioso.
Era espacial hasta hoy (1950– )Sputnik, Apolo, Carl Sagan y las imágenes del Hubble hicieron de la astronomía la más querida públicamente de las ciencias, y las encuestas sitúan de forma constante a los científicos entre las profesiones más confiables. El prestigio es alto pero abstracto: admirado por muchos, emplea a pocos y se paga como a un académico, no como a una celebridad.